Doce monedas chinas / Twelve china coins


Photo by: Christian Palma/COPAL

Doce monedas chinas.

Esa mañana amanecí con la ilusión de ir a conocer la muralla China. Aquel día el entrenamiento de la selección de clavados se había suspendido y lo habían pospuesto para el miércoles, así que que bajé al restaurante, comí algo ligero y con prisa. Inmediatamente después salí a la calle y sentí el frío de un invierno que todavía le falta poco más de dos meses en desaparecer, era una mañana de febrero. Desde mi llegada al país oriental había tenido esa sensación de estar en mundo distinto: la comida, las miradas, los letreros, en realidad es una sensación rara entre fascinación e incertidumbre, sin embargo esa incertidumbre no llegó nunca a ser miedo, de cualquier forma no dejaba de tener un cierto complejo Gulliver. Fue en una época donde yo colaboraba para una agencia de fotografía deportiva y había sido enviado al continente asiático para la cobertura de la inauguración del famoso Cubo de Agua, el complejo deportivo acuático más avanzado hasta ese momento, en el marco de la Serie Mundial de Clavados, donde participó la selección mexicana encabezada por Paola Espinosa.


Al cruzar la calle me encontré con uno de muchos grupos de trabajadores de la construcción apresurados en terminar arreglos en las calles que seis meses después presumirían a todo el mundo por medio del evento que logra hacer mirar hacia los estadios y las ciudades donde se realizan cada 4 años, los Juegos Olimpicos.

En mi cabeza estaba muy firme la imagen de pisar ese gran muro milenario, así que tomé valor y abordé un taxi de la única forma que sabía y que en ese momento aún era una convención mundial: extender la mano con el dedo índice estirado, en ese entonces aún las plataformas digitales de transporte público no figuraban. Abordé el taxi y el conductor me miro con una cara a medio sonreir con algo de extrañeza y amabilidad, podría decirse hasta compasivo. Eso me hizo pensar en la posible forma en que los taxistas mexicanos miran a un chino en chilangolandia. El auto avanzó, era compacto y con visibles muestras de uso, sin embargo yo estaba más preocupado en pensar la forma de explicarle el lugar a dónde quería que me llevara. Fue la mirada por el retrovisor, más que los sonidos que salían de su boca, los que me hacían suponer que me estaba preguntando la dirección que debía tomar. Lo unico que pude atinar fue señalar hacia el llavero que colgaba de su espejo con la foto de la famosa muralla china. De sus labios salieron otros sonidos más y una notoria sonrisa. El trayecto del hotel a la muralla fue un agasajo de paisajes semi nevados entre las montañas. Después de 90 kilómetros por fin llegamos a la zona de Badaling, una de las partes más populares de la muralla de más de ochomil kilómetros. Antes de abandonar el taxi, y pensando en la inconveniencia de conseguir otro taxi a la salida, convencí entre señas y muecas, al compasivo chofer de acompañarme a realizar el paseo, quien de alguna forma entendió y aceptó mi invitación.


Al estar ascendiendo ese gran muro tuve una sensación muy parecida a la que tuve la primera vez en la niñez, cuando ascendí a las ruinas de Teotihuacán en México, esa especie de incredulidad y admiración ante un conjunto de baldosas que representan el sudor, trabajo, y dolor de miles de personas, y que sin embargo son de una belleza colosal.


Como todo fotógrafo, iba a cada paso retratando todo cuanto iba apareciendo frente a mis ojos, sin embargo tengo mucho apreció especial por esta foto donde aparece el estimado conductor del cuál nunca supe su nombre, frente a doce monedas que representan cada uno de los animales del horóscopo chino y que tiene un gran significado para toda su cultura.

Twelve Chinese coins.

That morning I woke up with the illusion of going to see the Chinese wall. That day the training of the diving team had been suspended and had been postponed for Wednesday, so I went down to the restaurant, ate something light and in a hurry. Immediately afterwards I went out to the street and felt the cold of a winter that still has a little more than two months to go, it was a February morning. Since my arrival in the eastern country I had had that feeling of being in a different world: the food, the looks, the signs, in fact it is a strange sensation between fascination and uncertainty, however that uncertainty never became fear, in any case I still had a certain Gulliver complex. It was at a time when I was working for a sports photography agency and had been sent to the Asian continent to cover the inauguration of the famous Water Cube, the most advanced aquatic sports complex at that time, as part of the World Diving Series, where the Mexican team led by Paola Espinosa participated.


As I crossed the street I met one of many groups of construction workers hurrying to finish the street repairs that six months later they would show off to the whole world through the event that manages to make people look towards the stadiums and cities where they are held every four years, the Olympic Games.

In my head was very firm the image of stepping on that great millennial wall, so I took courage and boarded a cab the only way I knew and that at that time was still a world convention: extend the hand with the index finger stretched, at that time even the digital platforms of public transport did not appear. I boarded the cab and the driver looked at me with a half-smiling face with some strangeness and kindness, I could even say compassionate. That made me think of the possible way Mexican cab drivers look at a Chinese person in Chilangoland. The car moved forward, it was compact and with visible signs of use, however I was more concerned about how to explain to him the place where I wanted him to take me. It was the look in the rearview mirror, more than the sounds coming out of his mouth, that made me assume he was asking me the direction I should take. All I could manage to do was point to the key ring hanging from his mirror with the picture of the famous Chinese wall. From his lips came more sounds and a noticeable smile. The drive from the hotel to the wall was a feast of semi-snowy landscapes among the mountains. After 90 kilometers we finally reached the Badaling area, one of the most popular parts of the eight-thousand-kilometer wall. Before leaving the cab, and thinking about the inconvenience of getting another cab at the exit, I convinced the compassionate driver, with signs and grimaces, to accompany me for the ride, who somehow understood and accepted my invitation.


As I was climbing that great wall, I had a feeling very similar to the one I had the first time in my childhood, when I climbed the ruins of Teotihuacan in Mexico, that kind of disbelief and admiration before a set of tiles that represent the sweat, work, and pain of thousands of people, and yet are of colossal beauty.


Like every photographer, I was taking pictures of everything that appeared in front of my eyes, however I have a special appreciation for this photo where the esteemed driver, whose name I never knew, appears in front of twelve coins that represent each of the animals of the Chinese horoscope and that have a great meaning for their culture.


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